Haciendo de la comida nuestra medicina. Comer va mucho más allá de alimentarse, se trata de nutrirse, ya que de esto depende en gran parte nuestra inmunidad. Una alimentación sana y equilibrada es la base de todo. Y, en concreto, una alimentación que favorezca el equilibrio de la microbiota, ya que esta posee una relación directa con nuestra inmunidad.
Una microbiota intestinal sana y equilibrada evita el desarrollo de bacterias patógenas, mejora la protección del tejido intestinal, ayuda a producir nutrientes que son importantes para la función intestinal y estimula la producción de citoquinas, que coordinan la respuesta inmune.
Para ello, es imprescindible limitar el consumo de azúcares y de alimentos procesados ricos en sal y en grasas saturadas. Y aumentar aquellos alimentos prebióticos y probióticos que resultan beneficiosos para nuestra microbiota. (link a post microbiota).
Alimentos prebióticos son aquellos ricos en fibra soluble que no se puede digerir, como legumbres o verduras fibrosas. En cuanto a los alimentos probióticos, primero debemos saber que los probióticos son microorganismos vivos que, en cantidades adecuadas, son beneficiosos para nuestra salud. Por ejemplo, el yogur natural o los encurtidos.
Es crucial educar en unos hábitos alimenticios desde la infancia, puesto que estos repercutirán en nuestra salud futura. Debemos priorizar alimentos frescos y naturales, sin olvidar las fuentes de vitamina C (naranjas, kiwis, fresas…), ni los antioxidantes, elementos elementos que protegen a las células de nuestro cuerpo frente a la agresión de los radicales libres como los arándanos, boniato, brócoli…). La base de su alimentación debe ser la fruta, verdura, frutos secos y farináceos.
Además, podemos incluir en nuestra dieta complementos alimenticios que contengan el probiótico L.reuteri DSM 17938, ya que la World Gastroenterology Organization afirma que se ha demostrado su efectividad en la prevención de diarrea aguda, trastornos gastrointestinales e infecciones comunes en escuelas infantiles.
Partiendo de que una alimentación saludable es el pilar, también debemos cuidar las horas de descanso manteniendo unas buenas rutinas de sueño. Bebés y niños necesitan entre 10 y 14 horas de descanso, como mínimo. De esta forma, sus cuerpos estarán mejor preparados para protegerse de virus, gérmenes y bacterias.
Seguro que también habéis escuchado sobre las bondades de los baños de sol, ya que nuestro cuerpo produce Vitamina D cuando se expone directamente a él (evitando las horas centrales y bien protegidos). La vitamina D ayuda a absorber el calcio y juega un importante papel en el sistema nervioso, muscular e inmunitario. Niveles bajos de vitamina D están relacionados con enfermedades autoinmunes y los trastornos inflamatorios intestinales.